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Fiodor Dostoievski

jueves, 22 de enero de 2009

Fiodor Dostoievski fue, probablemente, el escritor más angustiado de todos los tiempos. Durante toda su vida estuvo perseguido por la enfermedad, las deudas y los miedos. Fue un hombre verdaderamente atormentado. Nació en el mismo manicomio donde su padre trabajaba como médico. Dicen que tuvo desde su infancia extraños temores, oía voces, creía en fantasmas, hablaba con apariciones. Ya de adulto tenía fuertes recaídas por causa de la epilepsia, ataques que lo dejaban exhausto y postrado en la cama sin actividad durante días. Probablemente su brutal hipocondría estaba más que justificada. Conoció como pocos hombres la miseria del subsuelo, de la continua recaída, del golpe en el abismo. Pero sin duda el acontecimiento más impactante de su vida ocurrió en 1849. Se había unido a un grupo de intelectuales que se reunían para comentar las obras de los escritores socialistas franceses, que por aquel entonces estaban prohibidos por la política totalitaria del Zar Nicolás I. El grupo terminó siendo descubierto. Detenidos sus miembros, fueron encarcelados y condenados a muerte. Dostoievski llegó a estar delante de un pelotón de fusilamiento, atado a un palo con una soga y con la fosa delante de él mismo. La amnistía del Zar había llegado poco antes, y en ella se conmutaba la pena máxima por una condena a trabajos forzados en la fortaleza de Omsk, en Siberia. No obstante el capitán del pelotón, deseoso de atemorizar a los indultados, decidió continuar la escena de la ejecución hasta su penúltimo movimiento, llegando incluso a dar la orden de abrir fuego. Las consecuencias de esta macabra broma fueron devastadoras. Algunos de los compañeros de Dostoievski perdieron el juicio, y el propio escritor, aunque ganó en lucidez, vivió siempre bajo los efectos adversos de la experiencia que le marcó para el resto de su vida.

Muertes más humillantes

sábado, 20 de diciembre de 2008

La muerte en sí misma siempre es un hecho humillante, pero cuando a esto le sumamos morir por motivos del todo grotescos, es algo que cualquiera querría evitar al final de sus días. Tenemos dos ejemplos de lo más desalentadores como son el caso del dramaturgo Esquilo y Catalina la Grande de Rusia. Esquilo murió como consecuencia de ser golpeado por una tortuga que se cayó de las garras de un águila que volaba sobre él, siempre según la versión de Hermipo de Esmirna. Catalina la Grande fue sorprendida por la muerte en 1796, sentada en su retrete mientras evacuaba con esfuerzo y dolor un cólico letal que padeció un 16 de Noviembre.

Stalin y los prisioneros de guerra


Durante la Segunda Guerra Mundial, Stalin rechazó el ofrecimiento alemán de intercambio de prisioneros. Muchos rusos murieron gracias a este capricho u orgullo político del dictador soviético. La curiosidad radica en que lo que no esperaba Stalin (o es lo que siempre se ha dicho) es que casualmente se encontrara entre ellos su hijo Jacob, que había sido hecho prisionero y pereció en un campo de concentración nazi.

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